Aunque la flexibilidad de mi cinismo debería quedar registrado en los anales de las grandes masacres de la historia, hoy me toca admitir que me siento peor que nunca. La sensación es desquiciante: no existen motivos titánicos, grandes molinos crueles ni monstruosidades invisibles y depravadas ensañadas conmigo. No. Es la vida, simple, real, cotidiana, mal tejida y mal desarmada. Es una realidad que no puedo justificar por ningún otro lado que en si misma, la que me genera lágrimas de múltiple decepción -yo mismo, las cosas que me trajeron a mis comportamientos errados, la facilidad para desestimarlos- y me impide, al mismo tiempo, encontrar una sonrisa de esperanza: no me siento realmente muy diferente desde que empecé a recibir una seguidilla de verdades en la cara descubierta, mis temores, conformismos, desganos y desmotivaciones siguen igual de presentes, y aunque lo bueno de mí sigue intacto y vigente, junto con una relación muy nutritiva con mis padres, es demasiado grande la sensación de incertidumbre que me invade.
Lo digo porque el problema "Cynthia" ha sido una válvula de escape para sintetizar lo, supuestamente, mejor de mi, y obviarlo en los otros muchos roles de mi vida. Si bien es cierto que con ella no aplicaba precisamente mi ética, la mayoría de mis comportamientos más naturales los he exhibido con libertad frente a ella. Más allá de eso, lo sé, no ha sido mucho lo que me ha ayudado la relación con ella. Ha sido una serie de penosos accidentes más bien. Las cosas que no me perdono haber vivido con ella mientras debía estar viviendo mi propia y añorada vida. Aún habiendo cometido ya antes el mismo error a cambio de sexo. Con el bono de un autoconsuelo basado en la escasa suerte social y mi rol de víctima. Siempre he podido dejar todo a un lado con mis propios argumentos justificatorios.
Odio la espontaneidad con que se generan estos episodios de sentir que estoy muy lejos de encontrar normalidad y sencillez en mis relaciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario